¿Qué hacer frente al poder?

Mefisto

Dir. Istvan Szabó / Hungría / 1981 / 144 min.

Cuando se escucha el nombre de “Mefisto”, lo primero que se piensa es en el diablo. Y no es de gana. Mefisto nos remite a uno de los personajes representativos de la tradición literaria alemana: aquel que actúa de puente entre las “almas perdidas” y el mismísimo demonio. Como tal, él es el que abre las puertas del infierno a aquellos que, como Fausto (otro personaje de la misma tradición), han vendido su integridad moral a cambio de poder y éxito, por más efímeros que estos sean.

El Club de Cine de la Cato presenta Mefisto, la película que István Szabó rodó a principios de los años 80, no solo porque se la sigue admirando como una obra maestra del cine europeo contemporáneo, sino porque también es una herramienta que provoca reflexión y diálogo. Es más, después de lo que el Ecuador acaba de presenciar, pensamos que puede servir para ayudarnos a tratar de entender por qué y cómo llegamos a donde hemos llegado.

Klaus Maria Brandauer, en el papel de Hendrik Höfgen, es un actor de teatro que quiere más. A lo largo de los años 30, antes de que el nazismo ascienda al poder, Höfgen transita por el mundo sin saber qué hacer para alcanzar más. Prueba todo lo que se le ocurre, incluyendo la composición de un teatro bolchevique que, según él, le permitirá llegar lejos. Sin embargo, cuando el partido nazi asume el poder, muchos de sus amigos se ven forzados a abandonar Alemania. Él, en cambio, ve una oportunidad para alcanzar el éxito (y todo lo que lo acompaña).

A lo largo de la segunda mitad del film, vemos cómo una persona de mucho talento es capaz de ver con ojos totalmente extraños; asistimos, en otras palabras, a instancias a través de las cuales vemos cómo el poder corrompe con armas poderosas, como aquella de la búsqueda, por ejemplo, del “espíritu alemán”.

Mefisto es una película que hay que ver porque nos propone un sinnúmero de preguntas sobre el poder –cómo se constituye, ejerce y edifica–, pero también sobre cosas menos “dañinas”; por ejemplo, el papel del arte, el artista y obviamente la historia.

Hay una escena con la que los realizadores empiezan a cerrar las cortinas. Se trata del momento en que Höfgen se reúne con el general Hoppe, su jefe, que hace de “ministro-presidente” de cultura, para pedirle de favor que le perdone la vida a un “subversivo” (uno de sus ex compañeros que él mismo califica de “actor de provincias”). Pensamos abrir el foro con la respuesta que el general le ofrece a un Höfgen desmoronado.

“Toda renovación es el comienzo de una guerra”. ¿O será que, como Höfgen dice, lo que nos toca hacer es “aceptar el puesto como un nuevo papel”?

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