El dilema del pie de página

Pie de Página

Dir. Joseph Cedar / Israel / 2011 / 106 min.

Uno de los postulados filosóficos con los que se fundó la educación superior en occidente fue la búsqueda de la verdad. La idea que sigue vigente es que todo académico debe intentar descubrir la verdad, sea cual fuere su área de estudio o interés.

Sin embargo, hoy este cometido parece perder fuerza, especialmente por el ruido al que estamos sometidos a diario. Es más, algunos estudiosos preguntarían de qué verdad estamos hablando cuando postulan que todo es relativo; por lo que para ellos lo lógico sería pluralizar las posibilidades de la verdad. Desde el ámbito político, personas como el presidente Trump incluso llevan esta postura al extremo cuando hablan de “realidades alternas”.

Para otros, no obstante, no se puede hablar de la verdad porque, según ellos, cuando se lo hace, se corre el riesgo de encasillarse, lo que en definitiva no permite abrirse a la verdad de los demás.

El Club de Cine de la Cato presenta Pie de página, la película que habla sobre este tema. Es una oportunidad que tenemos para hablar de una de las características que hace del mundo académico una experiencia casi única. Y, si vemos lo que acaba de pasar en nuestro país, lo mínimo que podríamos hacer es preguntar cómo personas con el más alto título académico escogen conducir los destinos de un país por caminos nefastos. ¿Será porque, como el presidente Trump, ellos también escogen vivir su propia versión de la verdad?

Pero Pie de página no se queda colgada en la intelectualidad que está detrás del argumento central. Editada de manera ágil, con el apoyo de efectos visuales efectivos, la cinta nos devela una relación padre-hijo intensamente competitiva.

Los dos son académicos que aman su trabajo. Pero solo uno de ellos puede ser merecedor al reconocimiento oficial de la academia. Por eso la cinta funciona, porque asistimos a una puesta en escena donde las ideas actúan al lado de personajes de carne y hueso, que lo que buscan es entender el sistema del que son parte, la importancia de la recompensa, el valor de lo oral y de lo escrito y, lo que quizá sea más importante, el peso de la Historia.

Un día equis, Shkolnik-papá (un filólogo empedernido) recibe una llamada de la ministra de Educación para comunicarle que se le ha otorgado el Premio Israel, el más alto honor, por su contribución al estudio del Talmud. Es un enredo del cuál no se sabe qué va a pasar, porque a quien la ministra tuvo que haber llamado fue a Shkolnik-hijo (un escritor de libros populares). De hecho, la única razón por la cual se le pudo haber entregado dicho premio sería la mención que alcanzó a lo largo de su dilatada trayectoria en un pie de página de un libro demasiado extenso. Pero, como sabemos, eso no basta. ¿O sí?

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