Le Bal, buen alimento para el alma

Le Bal

Dir. Ettore Scola / Italia, Francia, Argelia / 1983 / 110 min.

Seguramente todos hemos visto una película que nos haya captivado de tal manera que no sabemos por dónde empezar cuando alguien nos pregunta qué nos pareció. Es el caso de Le Bal, la cinta que Ettore Scola estrenó en 1983.

Le Bal es extraordinaria por el contenido, incluyendo lo que se propone hacer; esto es, narrar 50 años del siglo 20 de Francia por medio del baile, en una sola ubicación: un salón que lo soporta todo, incluyendo la construcción y puesta en práctica de las tradiciones y el devenir de la moda, por ejemplo. Pero, también es extraordinaria por la forma en que está hecha. Sobre este punto podríamos mencionar la dirección, la actuación, la escenografía, la música y el vestuario, entre otros.

En cuanto a lo primero, cualquier apreciación debe empezar por indicar que si bien el film es histórico, lo que en realidad esconde es el desarrollo de un concepto. Esto es importante porque debemos tener claro que, en general, hay dos tipos de películas: las que cuentan una historia y las que cuentan una idea. En este sentido, Le Bal cuenta la historia de Francia antes, durante y después de la segunda guerra mundial, pero si observamos con detenimiento, en realidad nos está presentando argumentos convincentes sobre el papel del cuerpo y el espacio en la construcción de lo que se conoce como la “memoria histórica” de un pueblo o una persona. ¿Cómo confrontar dicho dilema? Ese es el reto que Scola conscientemente se propuso desplegar.

Cuando uno ve cómo los cuerpos adultos de hombres y mujeres se deslizan por la pista de baile al son de músicas que cambian con el pasar de los años, lo que le produce es admiración por la destreza con la que lo hacen. Pero, si uno se detiene a contemplar lo que cada capítulo engloba y pone en escena, los sentidos empiezan a cobrar vida. Es por eso que Le Bal requiere atención, mucha atención, porque es un intento ejemplar de cómo opera nuestra memoria.

En sí, el film argumenta que es a través de cómo el cuerpo habita el espacio que se desarrolla en cada uno de nosotros el sentido de arraigo y, por tanto, memoria. Es más, los expertos añadirían que es gracias al sentido de pertenencia que es posible contar la historia de uno.

Si a todo eso se le añade una escenografía que nos remite al pasado que vamos dejando atrás, una música que nos remite a aquellos momentos en los que nos sentimos libres y un vestuario que, por sí solo, sería suficiente para hablar sobre el devenir de la moda de una mitad del siglo 20, entonces podremos entender por qué Le Bal es un filme que no hay que perderse. El Club de Cine de la Cato se complace en presentar una cinta que solo puede alimentarnos.

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