Un drama rebelde de un hombre que copiaba

El hombre que copiaba

Dir. Jorge Furtado / Brasil / 2003 / 123 min. / Clasf. 12 años

En la actualidad, ¿qué se entiende por plagio? Generalmente, por plagio se entiende falta de voluntad a ser original, lo cual implica pereza mental o simplemente una escuálida curiosidad. La repercusión que esto tiene en la cultura es dramática, puesto que a la única conclusión posible a la que podemos llegar es que somos decadentes. Esta línea de pensamiento es pesada porque cuando nos preguntamos por qué el Ecuador no progresa, por ejemplo, se diría que es porque no somos originales. Sin embargo, el otro lado del argumento, el que dice que somos buenos en ingeniarnos maneras de ser y estar en el mundo, también nos conduce a la misma conclusión: el Ecuador siendo parte de un mundo en decadencia.

El chip (llámese “sistema”) es imposible cambiar, muy a nuestro pesar. El problema, como vemos, está en ser como “la sociedad” nos dice que deberíamos ser, en pensar en lo que se nos dice que deberíamos pensar, en tener lo que mutuamente nos obligamos a tener… De otra manera, ¿cómo explicamos que en esta temporada -en la que se supone que el valor está en el afecto, la cercanía y la consideración-, no hagamos más que pensar en qué más comprar?

El hombre que copiaba, la película que el Club de Cine de la Cato presentará el próximo lunes, trata este tema en particular. Lo hace a través de la narración y construcción de una historia muy peculiar: la de un joven urbano aparentemente sin futuro que dice ser “operador de fotocopiadora”. En realidad, André (Lázaro Ramos) es lo contrario a alguien sin futuro, pero también es lo opuesto a un “simple” operador de fotocopiadora. Él ha desarrollado la habilidad de contar sus propias historias a través del dibujo. Y es alguien con mucho futuro porque pronto descubrimos que la lotería le ha tocado la puerta (¡y vaya en qué cantidades!).

¿Qué puertas necesitan los jóvenes latinoamericanos que se abran para encontrarse a sí mismos? Esta es la pregunta central de la cinta. Y una de las respuestas es que lo que necesitan es girar la vista hacia otros lugares que no sea necesariamente el centro. Por eso el plagio, por eso la copia, por eso el duplicado, porque lo que está en juego no es “inventarse el agua tibia” como tampoco lo es “tragarse cualquier píldora que nos lanzan en el camino”.

Si hemos de intentar salir del sistema o por lo menos cuestionarlo, lo lógico sería empezar por preguntarnos cómo llegamos a donde estamos. Este es quizá uno de los encantos de El hombre que copiaba: envolvernos en una cinta que no acaba de sorprendernos para poner en tela de juicio hasta la mismísima historia del arte. Es un drama rebelde, ¡sí!; periférico, ¡también!; absurdo, ¡no se diga! Pero por eso mismo hay que verlo, porque las preguntas que nos provoca son realmente necesarias.

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